Evangélicos vs los Apóstoles de la Codicia
Escribe Guillermo Flores Borda
Mientras almorzábamos juntos durante esta semana, un amigo abogado me preguntaba: “¿por qué hay tantas estafas en tu iglesia?” Habiendo asistido por más de una década a iglesias evangélicas sin haber oído acerca de más de dos casos, entendí que su pregunta se refería a los recientes titulares periodísticos sobre las investigaciones de la Superintendencia de Banca, Seguros y AFP (“SBS”) respecto de estafas piramidales.
El comunicado emitido por la SBS con fecha 11 de setiembre de 2017 no hacía referencia alguna a la comunidad evangélica, sino que sólo comunicaba la existencia de empresas que no cuentan con la autorización de la SBS para realizar actividades de “captación de dinero del público” (ya sea en depósito, préstamos u otra modalidad), haciendo especial énfasis en “Pay Diamond”, un esquema piramidal que requería invertir entre US$ 400 y 18,000 en diamantes para recibir exorbitantes ganancias semanales y bonos por cada persona que uno afilie.
Sin embargo, como ejemplos de casos anteriores, la funcionaria de la SBS Consuelo Gozar Landeo mencionó a “WCM777” y “Telexfree”, dos casos de estafas piramidales que afectaron a miembros de la comunidad evangélica en los años 2013 y 2014. Aunque ambos casos golpearon principalmente a miembros de iglesias evangélicas, la comunidad evangélica no fue la victimaria sino más bien la víctima de personas que habrían usado sus posiciones de liderazgo dentro de nuestras iglesias para promover dudosas inversiones entre los asistentes.
De acuerdo a los reportes periodísticos de esos años, los principales representantes de WCM777 y Telexfree fueron los autodenominados “apóstoles” David Lozano Pérez y Marcelino Salazar Basilio, respectivamente. Es a estos dos casos a los que la funcionaria de la SBS se refirió recientemente cuando señaló que: “(s)e ha descubierto casos de estafas piramidales muy grandes, pero muchas de ellas encubiertas en sectas religiosas. Tenemos dos casos muy marcados que se iniciaron en iglesias evangélicas, en la que los principales promotores o los que lideraban estas iglesias habían desarrollado este esquema de negocio, solicitando a sus seguidores que realicen inversiones a cambio de jugosas ganancias”.
Como bien señaló Gozar, ambos casos se encuentran judicializados: WCM777 ante el 36° Juzgado Penal de Lima (expediente No. 15567-2015), y Telexfree ante el 42° Juzgado Penal de Lima (expediente No. 10148-2014).
Casos de estafa como éstos son excepcionales al interior de la comunidad evangélica. Al consultar al Departamento de Asuntos Contenciosos de la SBS sobre si existirían otros esquemas de estafa relacionados con iglesias evangélicas, se nos confirmó que “los casos de las empresas “WCM777” y “Telexfree” son las únicas relacionadas con iglesias evangélicas. A la fecha, no se ha tomado conocimiento de otros grupos o esquemas de negocios relacionados a grupos religiosos (…)”.
Aunque diversos reportes periodísticos hicieron referencia al descubrimiento de estafas piramidales que usarían como fachada a grupos religiosos como un hecho actual, en este momento no existen nuevos casos detectados relacionados a la comunidad evangélica. De hecho, ambos casos no tuvieron un impacto significativo en las denominaciones más grandes de la comunidad evangélica local.
Sin embargo, el riesgo de futuras estafas que afecten a nuestra comunidad continuará existiendo en tanto no reflexionemos colectivamente sobre las razones por las cuales éstas ocurrieron. El pecado no es sólo un problema existente en “el mundo”, sino también uno que debe ser combatido dentro de nuestra propia comunidad.
Al respecto, es necesario reflexionar sobre el uso del poder por parte de los líderes al interior de nuestras iglesias. Una iglesia sana debe fomentar que sus miembros tengan la oportunidad de cuestionar aquello que les es enseñado en los cultos dominicales, así como los cristianos en Berea examinaban las Escrituras diariamente para ver si lo que Pablo y Silas contaban era verdad (Hechos 17:10-11). Cuando empezamos a ver al pastor como el portador exclusivo de la Verdad de Dios (o un “apóstol de Dios”) en lugar de apreciarlo como un ser humano falible, podemos ser tentados por una errada interpretación personal en lugar de ser transformados a través de la búsqueda de santidad. Dado que el mal uso del poder y la influencia pueden llevar a la eventual división dentro de nuestras iglesias y un daño permanente a nuestro testimonio colectivo, es de vital importancia que nuestro liderazgo cristiano esté atento a las formas en que todos podemos ser tentados a abusar de ambos.
Por otro lado, debemos mantenernos alertas ante nuevas corrientes que proponen una interpretación materialista del mensaje de Cristo. A pesar de que las principales denominaciones de iglesias evangélicas continúan enseñando que aquéllos que se mantengan fieles a Dios hasta el final serán recompensados en la vida venidera, algunas pocas iglesias promueven una interpretación alternativa de la fe cristiana que promete riquezas aquí y ahora.
Las referencias a siete años de bonanza (Génesis 41), la multiplicación de los panes y peces (Juan 6:1-15), los cristianos como “cabeza y no cola” (Deuteronomio 28:13) y la siembra y cosecha (2 Corintios 9:6) para sostener que Dios ha establecido mecanismos para acceder a riquezas sin mayor trabajo muestra ningún respeto por una adecuada interpretación contextual, textual e histórica de Su Palabra. Si un pastor utiliza pasajes bíblicos para ofrecernos invertir en algún tipo de negocio, no olvidemos que él ha sido entrenado en el seminario para servir como ministro de la Palabra, pero no ha sido preparado para proveer asesoría financiera compleja.
Cuando dejamos de referirnos al dinero como el resultado del trabajo arduo y la responsabilidad financiera, y empezamos a hablar de él como un regalo mágico que llega del cielo, fomentamos un exacerbado optimismo materialista entre los creyentes. En ciertas iglesias, los llamados apóstoles lucen más como un recién graduado que ha sido contratado por un prominente estudio de abogados que como un reflejo del profeta Elías. Al llevar una vida que denota estándares económicos alejados de la vida diaria de los hermanos a los que sirven, estos apóstoles alimentan la ilusión de que la providencia divina necesariamente implica tener acceso a beneficios materiales.
Esta falsa legitimización bíblica de la búsqueda de prosperidad material no fomenta la responsabilidad laboral y financiera entre nuestros hermanos, ni tampoco deja espacio para que los pobres puedan sentirse verdaderamente miembros de nuestra comunidad. Al referirse a la carencia de bienes materiales como si fuera el resultado de la falta de fe o pecado, algunos predicadores crean una falsa correlación entre la fe verdadera y la actual situación económica de los creyentes.
No permitamos que valores del Reino de Dios como la renuncia, el auto-sacrificio y el compartir pierdan su espacio ante un evangelio del materialismo. En un mundo marcado por el consumismo superfluo y un sistema en que los hombres son valorados o descartados socialmente con base en sus bienes materiales, enfoquémonos en construir un testimonio bíblico culturalmente diferente alejándonos de cualquier enseñanza o prédica que promueva acceso al dinero fácil.
Finalmente, como cristianos, debemos reconocer la necesidad de reportar los delitos aun cuando creamos que esto pueda afectar la reputación de nuestra iglesia.
Respecto a la falta de denuncias presentadas en los casos antes mencionados, la funcionaria de la SBS mencionó: “(s)on personas que están manipuladas, así que por más que fueron afectados o estafados y hayan perdido sumas importantes de dinero son controlados para que no denuncien los hechos.”
Al no denunciar los crímenes ocurridos ante las autoridades civiles, reforzamos el prejuicio de que los creyentes somos sujetos de manipulación, lo cual no es cierto en la gran mayoría de nuestras iglesias. Aunque Mateo 18:15-17 describe un sistema para resolver diferencias entre hermanos al interior de la iglesia, ante la comisión de delitos Romanos 13:3-5 señala que Dios ha otorgado a los magistrados el poder para hacer justicia. Debemos tener la humildad suficiente para reconocer nuestras propias limitaciones para investigar y establecer justicia cuando se ha cometido un delito, por lo que debemos recurrir a las autoridades civiles de manera inmediata cuando nos enteramos de que uno se ha cometido. En estos casos, nuestra preocupación debe estar completamente enfocada en la atención de las víctimas y no en la reputación de nuestra institución. Mayor será el daño a nuestro testimonio colectivo si luego estos casos salen a la luz sin haber sido denunciados previamente por nosotros mismos.
Aunque los casos descritos por la prensa no representan la realidad de la gran mayoría de nuestras denominaciones e iglesias evangélicas, recordemos que, con la esperanza de generar el deseo de poder y despertar “la raíz de todos los males” (1 Timoteo 6:10) en nuestro Señor Jesús, Satanás le ofreció los reinos de esta tierra y todo su esplendor a cambio de que Jesús le adorase (Mateo 4:8-9). Si Jesús fue tentado en esta manera, no dudemos en que nosotros también podemos serlo.